El arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos

Barcelona. 12 Octubre 2017.
El arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos
Por Cristina Sáez
CCCBLAB / Investigación e Innovación en Cultura
http://lab.cccb.org

 

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

 

Lucy Wood

El arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos

 

Charlamos con Lucy Wood sobre el lenguaje que se utiliza al hablar del cambio climático y sobre el papel del arte para concienciarnos.

El cambio climático está sucediendo a un ritmo al que ni el planeta ni las especies que vivimos en él nos sabemos adaptar. El mensaje que nos llega desde los medios es escalofriante. Lucy Wood, que tiene más de diez años de experiencia en programas públicos relativos al cambio climático, la alimentación y las migraciones, lo sabe muy bien. Wood fue la directora de la organización benéfica internacional Cape Farewell, dedicada al arte medioambiental. En 2015, fue la responsable de la delegación británica del festival global ArtCop21. Ahora organiza un nuevo gran festival en Reino Unido llamado The Season.

 

Miércoles, nueve y media de la mañana, Londres. La productora creativa Lucy Wood coge un tren hacia Barcelona para formar parte del jurado del Premio Internacional a la Innovación Cultural creado por el CCCB. Su decisión de viajar en tren no tiene nada que ver con que no haya vuelos o con que el aeropuerto esté en huelga de controladores aéreos. Como ecologista, Wood es completamente coherente en su compromiso con el cambio hacia la sostenibilidad y con la lucha por un futuro de integración social y bajas emisiones de carbono.

No tiene coche ni se plantea comprarse uno. Cree en el cambio ecológico y está convencida de que la verdadera revolución empieza cuando la gente cobra conciencia de los alimentos que come, la ropa que lleva, la energía que consume y demás decisiones.

Así que has venido desde Londres hasta Barcelona en tren.

Ya no viajo en avión si no es absolutamente necesario. Tengo razones de sobra: para empezar, que no lo disfruto. Me encanta viajar en tren y por mar. Me gusta mucho el movimiento slow travel. Y, siguiendo con los vuelos, como ecologista debo decir que no son un práctica sostenible. Además, no me gusta como experiencia de viaje. Cuando te subes a un avión, es como si te metieran en una bolsa y te agitaran. Un rato después llegas a tu destino, pero sin ninguna apreciación real del recorrido que has realizado, más allá de que ha sido un poco incómodo, difícil y estresante.

¿Qué me dices de tu ropa, o incluso tus gafas? ¿También las has comprado desde una mentalidad ecologista?

Uno de los proyectos finalistas del Premio Internacional a la Innovación Cultural es fascinante. Se llama Upcycling de Barri. Plantea la idea de que puedas coger cualquier desecho plástico, hacerlo trocitos y fabricarte unas nuevas gafas con una impresora 3D.

Para ser sincera, no he investigado sobre gafas sostenibles. Estoy segura de que es un sector que necesita desarrollo. Me interesan mucho las industrias creativas, eso sí, y el concepto de alteración creativa: fabricar productos que solo haga falta comprar una vez. Obviamente, la cultura de usar y tirar, basada en compras continuas y un consumo obsesivo, representa un enorme problema. De hecho, lo interesante del proyecto de upcycling o supra-reciclaje en el barrio es que podrías objetar: «Bueno, pero siguen formando parte de la cultura del plástico, cogen desechos y hacen más». Sin embargo, lo interesante es que la filosofía detrás de la fabricación de un objeto (darte cuenta del esfuerzo, el tiempo y el cariño que implica) es lo que te hará replantearte las cosas la próxima vez que tengas el impulso de ir a comprar algo sin pensarlo dos veces. Las gafas sostenibles son un sector que tengo que investigar.

La semana previa a esta entrevista, los titulares de prensa decían: «Trump se retira del Acuerdo Climático de París», «El físico y climatólogo James Hanson advierte que la temperatura global subirá dos grados más», «La Antártida se vuelve más verde». No eran muy buenas noticias para el planeta.

Las cosas cambian a una velocidad aterradora. Una parte de mí se siente como Sarah Connor en las películas de Terminator, cuando se pone a gritar pero nadie la escucha y llega el apocalipsis. Desde luego, varios estudios indican que los especialistas en el cambio climático —los climatólogos, o la gente que se dedica al compromiso público con el clima— suelen tener índices más altos de ansiedad y depresión. Aunque volvemos al dilema del huevo y la gallina, porque quizá ya era gente inteligente, reflexiva e introspectiva. En cualquier caso, lo que hay que hacer es darle la vuelta a la situación. Efectivamente, muchísimas especies están condenadas a la extinción (todavía no ha pasado, pero no queda más remedio que aceptar que algunas se extinguirán). Sin embargo, todo esto es una oportunidad. No solo para cambiar nuestras fuentes de energía, sino para pensar cómo nos definimos a nosotros mismos, cómo vivimos, trabajamos, compramos, viajamos, etcétera.

 

 

Todavía hay mucha gente que niega el cambio climático.

Mucha gente hace referencia a un dibujo que se ha publicado en varios sitios. Se ve a un señor en un escenario —es una pequeña viñeta cómica— ensalzando los beneficios que tendría combatir el cambio climático. Habría comunidades más sanas, la gente estaría más en forma, trabajaríamos menos, consumiríamos menos, pasaríamos más tiempo con nuestros amigos y familiares… y entonces alguien en el público le replica: «¿Pero qué pasa si el cambio climático es una gran farsa y mejoramos las cosas para nada?». Tenemos que recordar que lo que estamos intentando cambiar son muchas cosas sobre nuestro estilo de vida que de todas formas no nos hacen felices.

El cambio climático está ocurriendo a un ritmo al que el planeta y nuestra especie no son capaces de adaptarse. Es cierto que el cambio climático ha ocurrido con anterioridad, pero a lo largo de millones de años. Ahora está sucediendo en cuestión de siglos.

Puedes deprimirte y cruzarte de brazos, pero lo fantástico es que ya hay un montón de iniciativas geniales y prometedoras en marcha. Una de ellas puede tener que ver con replantearnos nuestra forma de trabajar: estamos intentando trabajar mejor, no más. Cada vez hay más gente que trabaja desde casa y pasa más tiempo con la familia. Se están produciendo cambios. Las cooperativas locales y los huertos urbanos están creciendo. La gente se está volviendo a juntar para coser o para intercambiar ropa. Hay muchas novedades que son positivas para las comunidades, con independencia de lo medioambiental. Aun con todo, diría que la inmensa mayoría del público general no está reflexionando o hablando sobre el cambio climático.

Y eso es lo que pretende cambiar The Season.

The Season es un proyecto que hemos organizado con Julie’s Bicycle, Artsadmin —una organización londinense fantástica— y el Battersea Arts Centre, que es un espacio pionero de arte y teatro en el sur de Londres. Hay un think tank nacional llamado What Next en el que los profesionales de la industria cultural se reúnen para afrontar problemas importantes. Pueden ser problemas educativos, de contaminación o de crímenes con armas de fuego, pero hay un subgrupo específico dedicado al cambio climático. Y tuvimos la idea de que las industrias culturales y creativas empezaran a hablar, todas juntas, sobre el cambio climático. Tenemos que incorporarlo a nuestra lingua franca. Tenemos que incorporarlo a nuestra cultura y a nuestra lengua diarias. Y para eso hace falta un giro cultural.

Pensemos en cómo se hablaba de la comunidad LGTBQ hace cuarenta años, por ejemplo, o incluso hace veinte o treinta años, cuando yo era una niña. Probablemente parecerían impensables logros como que el Mardi Gras y los desfiles del Orgullo Gay se pudieran hacer tan masivos como lo son hoy, o que figuras públicas salieran del armario y fueran aceptadas, o que se legalizara el matrimonio homosexual.

Pero el cambio es posible.

¡Por supuesto! El problema con el cambio climático es que hay mucho nihilismo y desesperación. La gente no puede imaginarse el cambio, y si no ves el cambio nunca se hará realidad. Por eso es importante trabajar con científicos y artistas, porque los artistas son brillantes proponiendo hipótesis y visualizando nuevas formas de entender el mundo. Una de esas nuevas formas es imaginar un mundo que ha dejado atrás el carbono. Eso supondría un cambio en muchos ámbitos.

Así que The Season, que se llama “the Season for Change: Inspiring Creative Actions on Climate Change”, busca que durante esta temporada, que va de junio a diciembre del año que viene, cada una de las grandes organizaciones culturales de Reino Unido encargue una obra que de algún modo trate sobre el clima. El objetivo es crear tanto revuelo sobre el cambio climático que sea imposible continuar ignorándolo y que empiece a ser discutido por las calles, en el bar o en la piscina, que todo el mundo esté hablando del tema.

¿Crees que la forma en que los medios informan sobre el cambio climático puede provocar que la gente se desvincule del problema?

El lenguaje de la catástrofe, el nihilismo y la desesperación es muy problemático y no contribuye en absoluto a la causa. En cambio, cuando lo reduces a cuestiones más abarcables para una persona, cuando formulas ideas más fáciles de digerir (como la de decidir qué comes cada día, cómo vas al trabajo o qué aire respiras) conviertes el problema en algo más manejable, algo sobre lo que cada uno tiene agencia de cambio. Eso puede implicar a la gente.

No se trata de decir: «No hagas eso». Lo importante son las cosas simples, como explicar las ventajas de ir en bicicleta y por qué te hará sentir más sano, tener mejor aspecto y vivir más. ¡Ir en bici te permite comer lo que quieras sin engordar! Hay que darle la vuelta a las cosas. No somos perfectos; nunca lo seremos, eso está claro. Somos humanos y tenemos muchos fallos, pero las pequeñas decisiones son clave, algo tan sencillo como cambiarse a la energía renovable. Trump, con esa retórica demencial y estúpida de «Make America fucking Great Again», dice: «Haremos que vuelva la industria del carbón». Lo que no entiende, aunque es la pura realidad, es que las energías renovables ya están dando suministro a cuatro veces más gente de la que podría abastecer la industria del carbón.

Traduzco de la viñeta, que tiene más sentido y es más graciosa. Creo que es mejor que ser fieles a la paráfrasis que hace Wood.

Y no producen muertes, como la industria del carbón.

Exacto. Es importante recordar que la idea de Trump ni siquiera es de sentido común. Es un problema ideológico que tiene un determinado sector de la población. Las energías renovables, por su misma naturaleza, son intrínsecamente socialistas. Todos tenemos acceso a ellas, aquí y ahora. Con la tecnología adecuada, puedes desconectarte de la red eléctrica. No tienes que formar parte de los gigantes corporativos del carbón, el petróleo o el gas. Y eso aterroriza a quienes manejan el statu quo. Eso supone un problema para nuestro sistema económico actual, un problema para los petrodólares. El acceso al petróleo es lo que provoca la inmensa mayoría de las guerras, al menos en las últimas décadas. Imagínate la sociedad que la energía renovable haría posible. Sin duda sería mejor. Quizá no sería una utopía, porque la utopía no existe, pero podría ser una sociedad un poco más agradable.

¿Cómo podemos contribuir desde las artes a concienciar a la gente de todo esto para que hagan el cambio?

Puedes disponer de toda la información del mundo y leer todas las estadísticas que quieras, pero los estudios han demostrado una y otra vez que los datos no movilizan a la gente de la misma forma que el buen arte. Por arte entiendo muchas cosas, desde la arquitectura hasta el diseño de tu coche. Todo es arte, todo está diseñado. Eso puede influir en el comportamiento. Y lo que es más importante: las artes pueden cambiar nuestra actitud y nuestro compromiso porque nos impactan a un nivel visceral, más humano, algo que los datos no consiguen.

No puedes darle a alguien un papel con un montón de estadísticas y datos y esperar que sea suficiente. Ahí es donde entran en juego las artes. El buen arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos.

Así que, en primer lugar, el arte nos impacta. ¿Qué más puede hacer?

No puede ser solo lamento, rechinamiento de dientes o pesimismo operático sobre lo fatal que va todo. También tiene que presentar soluciones relacionadas con lo que cada uno puede contribuir. Esa es la inclusividad del arte, decir: «No estamos señalando este problema para que el gobierno tenga que hacer algo. Te estamos invitando a formar parte de un movimiento». El movimiento ecologista en Reino Unido ha adoptado una cita que, para mí, lo define perfectamente: «No estamos defendiendo la naturaleza, somos la naturaleza defendiéndose a sí misma».

Sin embargo, la idea que prevalece es la de cultura frente a naturaleza.

Simone de Beauvoir escribió en profundidad sobre el tema en El segundo sexo, sobre cómo asociamos al hombre con la cultura y a la mujer con la naturaleza, porque las mujeres formamos parte de ella, mientras que por algún motivo los hombres no. Sin hacerlo una cuestión feminista —el cambio climático en muchos aspectos es una cuestión feminista, pero creo que eso es otro tema— se trata de que nos demos cuenta de que todos somos la naturaleza. Por eso soy reticente a la idea de hacer santuarios. No deberíamos crear pequeños compartimentos y decir: «Ya está, hecho, asunto resuelto».

Tenemos que tener presente cada aspecto del medio ambiente siempre, y eso supone un cambio de paradigma radical. Hay gente que piensa: «Bueno, yo reciclo, así que ya está». Por desgracia, con eso no basta. De hecho, leer las estadísticas sobre reciclaje es un poco deprimente, porque los residuos se envían a China y el carbono que se produce con ello neutraliza el impacto.

Me gustaría hablarte de Invisible Dust, que es donde trabajo ahora.

Adelante.

Invisible Dust existe para hacer visible lo invisible. Encargamos arte de primera categoría. Juntamos a artistas y a científicos en residencias para que creen obras de arte excelentes, que impliquen al público en asuntos vitales relativos al cambio climático y a problemas medioambientales más amplios.

En ese marco, por ejemplo, encargamos una obra increíble titulada The Human Sensor, en la que un grupo de performers y bailarines usan tecnología ponible, unas máscaras muy bonitas que se iluminan en función del nivel de contaminación del aire que respira quien la lleva puesta. Este equipo de unos doce bailarines viajará por el centro de Manchester y Londres y se podrá ver, sobre todo en los semáforos, cómo las máscaras empiezan a brillar cuando ellos inhalan y exhalan. Es un ejemplo de tecnología de vanguardia aplicada a un diseño y un sentido artístico brillantes. Actualmente soy su productora.

Además, en colaboración con un cineasta estoy desarrollando un proyecto que me entusiasma para examinar la salud de los océanos en la costa norte de Escocia.

¿Es un proyecto comunitario?

Sí, se llama Shore y será una película producida colectivamente con cientos de residentes de las islas en la costa noroeste de Escocia. Habrá una parte de grabación subacuática, pero en esencia se trata de preguntarle a la gente: «¿Qué significa para ti el mar?». La industria pesquera ha tenido un impacto descomunal. La mayoría de los barcos pesqueros en la zona son internacionales. Dragan el fondo del mar y destruyen todo a su paso, la fauna marítima se ha sobreexplotado gravemente. Los residentes de las zonas costeras van a supermercado a comprar gambas que probablemente se pescaron a 500 metros, se enviaron a pelar a China y luego se volvieron a transportar a Escocia para la venta. Nuestra desconexión con la industria alimentaria es una locura.

 

+ info http://lab.cccb.org

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