Cuatro Docenas de Calas, de Alejandro Kuropatwa

 

Ciudad de Córdoba, Argentina. 5 de abril 2022. 19 hs
Cuatro Docenas de Calas
Exhibición de Alejandro Kuropatwa
Museo Provincial de Fotografía Palacio Dionisi
Av. Hipólito Yrigoyen, 622

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Cuatro Docenas de Calas

Exhibición de Alejandro Kuropatwa

Curadora: Mercedes Claus

 

El Museo Provincial de Fotografía Palacio Dionisi inicia un nuevo ciclo anual de exposiciones con una propuesta excepcional sobre el fotógrafo Alejandro Kuropatwa.

El martes 5 de abril 2022 a las 19 hs., el Dionisi abre sus puertas con una muestra desafiante y glamorosa del prestigioso fotógrafo Alejandro Kuropatwa. El recorrido abarca las catorce salas de exposición del museo y está ordenado a través de cuatro núcleos temáticos que plantean un corredor cronológico por las distintas facetas de la vida del fotógrafo y su vinculación con el arte. “Cuatro docenas de calas” es el título de la muestra, formulado por su curadora, Mercedes Claus, quien afirma que “esta exposición propone acercar su enorme contribución al arte argentino a partir de su experimentación constante con el medio fotográfico y su espíritu desobediente”.

Así, el recorrido se inicia en las salas 1, 2 y 3 del museo, remontándose a los años 80, con un joven Alejandro Kuropatwa que por aquel entonces estudiaba fotografía en Nueva York. Su acercamiento con la escena del under internacional y local dan testimonio de su mirada transgresora, intrépida e irónica, que constantemente desafiaba las convenciones culturales de lo que era considerado una “buena fotografía” en aquella época. El uso del gran formato, la alteración de los soportes fotográficos, el minucioso cuidado estético del color, la incorporación de lo azaroso y cotidiano en sus composiciones y la incursión hacia la performance y el videoarte, lo llevaron a ocupar un lugar entre los fotógrafos más relevantes de las décadas de los 80 y 90 de Argentina. La exposición continúa su recorrido en las salas 4, 5 y 6, situándose al momento de que Alejandro recibe la noticia de su diagnóstico VIH positivo, por lo que este núcleo refleja una etapa íntima, subjetiva y auto- biográfica, referenciada bajo distintos formatos fotográficos a través de su obra. La memoria y el olvido, la fragilidad de la existencia y la vinculación con la muerte, son cuestiones recurrentes tensionadas en su obra durante esta etapa de su vida. Por ejemplo, los rollos polaroid vencidos utilizados en la serie 30 días en la vida de A., “construyen un relato fragmentario de su vida íntima que, a través de la indagación en el deterioro de los materiales, parece evocar la conciencia de la fragilidad de su cuerpo ante la cercanía de la muerte”, explica la curadora de la muestra.

Siguiendo a las salas 7, 8, 9, 10 y 11, arribamos a la serie fotográfica que marca un punto de inflexión en su obra, y en los cánones socioculturales de la época. Fue en los 90, mientras Alejandro se encontraba en California, cuando accedió tempranamente a un tratamiento contra el SIDA. Al poco tiempo inauguró una exposición en la galería Ruth Benzacar titulada Cóctel que reunía una serie de fotografías que re- presentaban el registro diario de la toma del medicamento. Del blíster a la cuchara y de la cuchara a la boca, Kuropatwa registraba el cóctel de antirretrovirales que tomó, bajo un prolífico tratamiento del color, iluminación y composición. Estas vibrantes fotografías dan cuenta de las esperanzas del fotógrafo de acceder a la cura del SIDA por su manera de fotografiar estas píldoras de una manera tan “lujosa”, como así también evidencian la dura lucha diaria padecida contra la enfermedad. Así, Cóctel fue un puntapié en el arte que abrió un debate público sobre la lucha contra la epidemia del virus de la inmunodeficiencia en Argentina.

Vemos en las últimas salas del museo que, a partir de entonces, su producción fotográfica tomó un rum- bo diferente. Fue en sus últimos tiempos de vida que Kuropatwa reflexionó sobre la representación del cuerpo, siendo principalmente los estereotipos de belleza femenina, el placer y la liberación sexual, te- máticas reiteradas en sus fotografías. De esta manera, el fin de la muestra se conjuga entre la seducción y el erotismo representados en retratos vívidos y esplendorosos de magníficas flores llenas de color y de mujeres de distintos estratos sociales fotografiadas con peinados y vestimentas ostentosas, que buscan reivindican el deseo. “Desde su tratamiento con el cóctel, Alejandro reemplazó el placer hedónico por un consciente cuidado de sí mismo. Como Epicuro, comprendió que el placer puede hallarse en la ausencia de dolor, en el goce mismo de la existencia; y frente a la muerte cultivó su jardín de flores para regalarnos belleza y celebrar la vida”, afirma la curadora dando cierre a la exposición. Así, el Museo Palacio Dionisi comienza el año 2022 con una exposición atrevida, elegante y sumamente cautivante, ofreciendo a sus visitantes conocer más acerca del legado de un fotógrafo que se configuró como un artista que desafió los límites del lenguaje fotográfico, para consagrarlo como una disciplina autónoma comprendida formalmente en la escena del arte argentino.

La inauguración será con entrada libre y gratuita, apta para todo público, sita en Av. Hipólito Yrigoyen, 622, Ciudad de Córdoba.

Luego, la muestra podrá visitarse hasta el domingo 24 de julio (inclusive), de martes a domingos y feriados, de 10 a 19 hs. Las entradas pueden adquirirse de manera presencial y en efectivo en la recepción del museo, o de manera anticipada y con tarjeta a través de https://ventas.autoentrada.com. Menores de hasta 16 años, ingresan gratuitamente todos los días. Mayores de 16 años abonan la entrada general de $250, o $450 para acceder a la entrada combinada a los museos Emilio Caraffa, Palacio Dionisi y Museo Evita-Palacio Ferreyra. Todos los miércoles, la entrada es gratuita para todo público.

 

Alejandro Kuropatwa Cuatro docenas de calas

Curadora: Mercedes Claus

Dicen que Alejandro Kuropatwa poseía una presencia glamorosa y una elegancia que irradiaba en todo lo que hacía. Dicen que tenía la capacidad de dotar de belleza con la misma dedicación al acto cotidiano de poner la mesa que al modelo más célebre que posara ante su cámara; que para sus fiestas solía en- cargar docenas de peonías, azucenas, nardos o calas; y que cultivó una personalidad avasallante, audaz y seductora que fue parte inseparable de su obra. Su devoción por el lujo y el placer, así como cierta confesa debilidad por las mujeres aristocráticas, atraviesa su trabajo. Quizás por eso resulte natural que sus imágenes se presenten en un palacio como éste, encontrando eco en el esplendor y los exquisitos detalles de su arquitectura.

Kuropatwa fue un provocador, tanto en su vida como en su obra. Irreverente ante los dogmas y convenciones, se abocó a la búsqueda de empujar los límites de la fotografía. Por este motivo, ocupa un lugar destacado entre los fotógrafos que en los años 80 y 90 impulsaron una renovación del lenguaje, y fue protagonista del ingreso de la fotografía a las instituciones de arte contemporáneo en Argentina. Sus transgresiones incluyeron desde el uso de las grandes escalas y el color –relegados hasta entonces a la fotografía publicitaria–, la manipulación de los materiales, la incorporación del azar y del error, hasta propuestas instalativas o la incursión en otros medios como la performance y el video. Alejandro com- prendió que el potencial de la fotografía no radicaba en la excelencia técnica –aunque a veces recurrió también a su dominio soberbio y a las composiciones clásicas más perfectas– sino en las posibilidades del dispositivo puesto en función de la construcción de sentidos. Seductoras, elocuentes, y al mismo tiempo punzantes, incómodas, sus imágenes ahondan en su mundo personal, que se entrelaza con una mirada aguda sobre la sociedad contemporánea. La construcción del gusto, de los cuerpos y de las sub- jetividades, son cuestiones persistentes en su trabajo que es, ante todo, una indagación profunda sobre la vida y la muerte.

Esta exposición propone acercar su enorme contribución al arte argentino a partir de su experimenta- ción constante con el medio fotográfico y su espíritu desobediente. El conjunto de piezas reunidas traza un recorrido por su trayectoria, organizado en cuatro núcleos que atienden a distintos momentos de su vida y su obra según las preocupaciones, los lenguajes y procedimientos desplegados. Se entrevé así su modo de trabajo, constituido por series cerradas, regidas por un tema o propuesta inicial, que presen- taba en exposiciones individuales prácticamente una vez al año. Como otrxs artistas de su generación, el diagnóstico VIH positivo lo impulsó a trabajar con obstinación e impactó de forma transversal en su obra, siendo la serie Cóctel una de las más emblemáticas en nuestro país en torno a la crisis del SIDA. La muestra incluye esos trabajos icónicos, pero también otros menos revisitados, para dar a conocer y repensar la amplitud de su legado.

 

Salas 1, 2 y 3

Superficies de placer

A comienzos de los años ochenta, mientras estudiaba en Nueva York, Kuropatwa desarrolló la serie Fuera de foco compuesta por fotografías completamente desenfocadas. La transgresión sobre las convenciones que establecían lo que debía ser una buena fotografía fue, desde esta serie inicial, una constante a lo largo de su trayectoria. A partir de entonces, revisitó géneros clásicos, buscando torcer con sutileza y humor el tono grave en el que la fotografía de la época depositaba su valor artístico. Lejos de las construcciones idealizadas del desnudo, los fragmentos de cuerpos ampliados a gran escala presentan una cercanía íntima e impúdica, aproximándose a las poéticas festivas que, ante la salida de la dictadura, recuperaban el cuerpo como “superficie de placer”.

 

Salas 4, 5 y 6

Figuras del yo

Al poco tiempo de su regreso a Buenos Aires, Kuropatwa obtuvo su diagnóstico VIH positivo. Su salud se deterio- raba rápidamente y esto puede asociarse al matiz sombrío y melancólico que adquirió su obra a comienzos de los años 90. La referencia autobiográfica, su intimidad y su subjetividad se instalaron en el centro de su producción durante esta etapa, explícita en la utilización reiterada de su nombre en los títulos. Mientras la serie Treinta días en la vida de A. construye un relato fragmentario de su vida a través de la indagación en el deterioro de los materiales por el uso de películas vencidas, en la instalación ¿Dónde está Joan Collins? es la acumulación desordenada y torcida de los cuadritos la que evoca la fragilidad del presente. Las tomas desprejuiciadas y triviales registran fragmentos de su cotidianeidad, de su entorno y sus afectos, que se presentan como porciones de la memoria en camino a ser olvidadas. La sensación de melancolía trasunta también en el video El París de K. que registra la noche de 1992 en que Alejandro alquiló una habitación en el majestuoso Hôtel Meurice en París para realizar una exposición de sus fotografías, como una despedida. Frente al dolor de la enfermedad y lo que parecía su inevitable destino, la tristeza se vestía de fiesta para afirmar la vida.

 

Salas 7, 8, 9, 10 y 11

Cóctel

Cuando en julio de 1996 en la XI Conferencia del SIDA en Vancouver se anunciaba el descubrimiento de una nueva medicación para el VIH, Kuropatwa se encontraba en California y tuvo el privilegio de acceder muy tempranamente al tratamiento. Meses más tarde inauguraba la muestra Cóctel con una serie de fotografías que registraban su toma diaria de pastillas, presentadas en una cuchara, junto a un vaso, sobre los pétalos de una rosa o en su propia boca.

Copiadas en gran formato, las fotos hacían uso de los códigos del lenguaje publicitario: composiciones sobre fon- dos neutros, iluminación artificial, contrastes de texturas y una definición precisa. La pericia técnica utilizada en su trabajo profesional para la empresa familiar de farmacia y cosmética donde fotografiaba los productos, se deslizaba hacia su producción artística. No era la primera vez, pero ahora su utilización adquiría nuevos significados. A través de estos códigos, los medicamentos se presentaban como objetos de lujo: preciados y deseables. Así, la obra celebraba la esperanza de vida ante el descubrimiento que reducía el virus a niveles indetectables, pero también hacía alusión al enorme costo del tratamiento. Festiva y crítica, la serie fue una de las primeras obras de arte que en nuestro país abordó el tema en forma directa y se volvió una imagen icónica de la lucha contra el SIDA. Tuvo un fuerte impacto en la prensa que se revela en la profusión de notas, entrevistas e invitaciones a programas de televisión. Cuando todavía era habitual el miedo, el estigma y el tabú, Alejandro se convirtió en portavoz de cómo era vivir con VIH. Consciente de su privilegio, en abril de 1997, publicó una solicitada en el diario donde interpelaba al Estado a que actúe en la gestión de los recursos para el tratamiento: “La gente con SIDA tendría que tener la misma oportunidad que yo”, sostenía.

Cóctel significó un punto de inflexión en su trayectoria. Marcó un cambio radical en sus imágenes que desde en- tonces adoptaron el color vibrante y el uso del lenguaje publicitario para generar imágenes impactantes y atractivas, con una estética cercana al pop, que abraza el kitsch, adquiriendo un tono más alegre y también más irónico. Las pastillas vuelven a aparecer conformando escenas juguetonas con muñecos Ken y Barbies en una serie realizada pocos años más tarde. Alejandro, voyeur, ahora se divierte.

 

Salas 12, 13 y 14

El jardín de Kuro

A partir de entonces, su repertorio de imágenes se amplió para explorar cuestiones que se desplazaban del registro de su vida personal y primó la fotografía realizada en estudio. Retomando aquellos primeros desnudos, indagó en la representación de los cuerpos, en el rostro humano, pero fundamentalmente en la mujer y en la construcción del mundo de lo femenino. Un conjunto de retratos de mujeres distinguidas componen la serie Marie Antoinette, a las que fotografió ataviadas con sus joyas y atuendos ostentosos. Lejos de toda idealización su foco despiadado revela sus debilidades para mostrar, según sus propias palabras, “una vanidad muy humana”. En Yocasta, la modelo es en cambio una mujer trabajadora que exhibe una serie de peinados esculturales. La instalación evoca un salón de peluquería y parece reivindicar el deseo, la coquetería y la seducción de todos los cuerpos.

El erotismo predomina también en las fotografías de flores, un motivo recurrente a lo largo de toda su obra al que vuelve hacia el final de su vida. Ellas condensan sus preocupaciones fundamentales: lo efímero de la vida, la belleza y la sexualidad. Desde su tratamiento con el cóctel, Alejandro reemplazó el placer hedónico por un consciente cuidado de sí mismo. Como Epicuro, comprendió que el placer puede hallarse en la ausencia de dolor, en el goce mismo de la existencia; y frente a la muerte cultivó su jardín de flores para regalarnos belleza y celebrar la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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