Políticas de la memoria y de la imagen

Presentación del libro Políticas de la memoria y de la imagen. *
Ensayos sobre una actualidad político-cultural
de Luis Ignacio García.

 


I

La intervención de Luis García no sólo es rigurosamente actual sino que resulta clave para darle el espesor histórico necesario a los debates que hoy circulan en lo que se podría llamar un retorno generalizado de lo político, cuestiones tales como kirchnerismo, militancia, democracia, peronismo, izquierda, etc. No se pueden soslayar los 70s si se desea entender o captar mínimamente algo de la complejidad del presente, tanto para evitar burdas dicotomizaciones del campo político-intelectual, como espurias formalizaciones del poder ―que no es simple cuestión de ocupación de cargos o re- establecimiento de jerarquías, con su correlato irrisorio de capacidades y méritos, sino el atender a la compleja trama material que nos constituye, con sus diversas capas, sedimentaciones y densidades históricas, superpuestas y anudadas estructuralmente. Presente que nos interpela, además, en los modos de escritura y pensamiento que elaboramos para dar cuenta de todo ello y que no se reduce sólo a ciertos ‘contenidos temáticos’.

II

Creo que el personaje principal aquí no es ciertamente Benjamin, ni siquiera García en persona, sino el montaje, los diversos montajes que atraviesan el libro: históricos, culturales, estéticos, políticos, filosóficos. El montaje es la operación constructiva que se efectúa con fragmentos de diversa índole y procedencia, y que realizan disímiles personajes bajo otros tantos nombres propios. La prevalencia del montaje se aprecia no sólo en lo que podría surgir de una consideración externa de la composición del libro, a través de los múltiples ensayos escritos en distintos tiempos y lugares, sino que se aprecia en el interior del mismo, en el modo electivo de su composición, en el que, por ejemplo, figuran algunas extensas notas al pie, claves, que quizá demandarían capítulos aparte. Lo cual habilita preguntarse, también, por los montajes en la escritura misma, es decir, si ésta obedece a parámetros externos o si sigue en cambio las líneas de fuerza ―a la vez líneas de quiebre― que demandan otros textos, otras lecturas, otras intervenciones. Por lo tanto este evento bien podría haberse llamado “Encuentros con montajes” o “Montajes en montaje”: montajes del libro, montajes de la película, montajes de la presentación misma. Pues incluso en un bucle recursivo, desdoblamiento o reduplicación, se puede tematizar la presentación que aquí tiene lugar: presentar la presentación, lo cual señala un mecanismo clave de las obras artísticas que analiza García y además, como señala Badiou, es la indicación ontológica del acontecimiento. No se trata de un mero juego cognitivo: es lo real mismo, traumático, shockeante, afectivo lo que se intenta circunscribir en el juego de montaje.

III

El libro empieza justamente con un montaje histórico-intelectual, aunque no se lo llame así pues se recurre, más bien, a la idea agambeniana de un campo de fuerzas recorrido por tensiones y polarizaciones, o a la delimitación de estratos discursivos y sedimentaciones de sentido foucaultiana. Si bien en un principio puede parecer un poco lineal y sucesiva la demarcación del campo ―‘esquemática’, dice el mismo autor―, luego alcanza a complejizarse con una serie de inversiones temporales, dialécticas, y menciones a otros desarrollos teóricos en curso que rompen con las rígidas dicotomizaciones que suelen asolar nuestros “empobrecidos debates” (eso sí, hace un poco de ruido la recurrencia del término “mediaciones”, pp. 21 y 24). Sin embargo, pareciera que el compromiso teórico-político con múltiples orientaciones de pensamiento le quitara un poco de fuerza y especificidad a su intervención. De hecho, Benjamin aparece aquí subordinado a una extensa nota al pie donde se desarrolla una confrontación más que interesante con Diego Tatián. Se anuncia la fragua de una nueva figura de la memoria y de nuevos lenguajes políticos que combinen “responsabilidad” y “convicción” evitando las burdas dicotomías o el pasaje directo de la exaltación revolucionaria al “frío laicismo democrático”. Pero en general se puede apreciar que, respecto a los debates político-intelectuales o filosófico-políticos, la estrategia de García es más bien cautelosa (bordeando la mera descripción del estado actual en que estos se desenvuelven y apuntando apenas algunas otras vías que no se reducen a éste), mientras que en los debates estético-políticos posteriores ya toma cierta posición enunciativa que muestra su propia fuerza.

 

IV

En el segundo ensayo se pretende asumir una autocrítica en el seno de la izquierda a partir del debate suscitado por la carta de O. del Barco. Lo primero que señala Luis García es la enorme contradicción ―que en su momento también había señalado por mi parte en el vol II del libro No matar― de que Del Barco anunciara que lo que pretendía hacer era un acto de contrición, que no era un argumento, y acto seguido dijera que partía del principio de no matar y trataba de seguir sus consecuencias, ergo que todos los revolucionarios eran asesinos seriales. ¿Por qué esto no había suscitado revuelo antes si, al menos desde fines desde los 70s, se venían haciendo planteos similares incluso más sofisticados, dice García? La respuesta la ubica en el cambio de época y un resurgir de ciertas ‘intensidades políticas’: las condiciones de posibilidad de la carta de Jouvé, de la reapertura de los juicios a la Junta, de la recuperación del espacio de la ESMA, en fin, de la política de derechos humanos llevada adelante por el gobierno kirchnerista. Como bien dice García, hacer lo que hace del Barco en ese momento histórico particular de reapertura de los juicios era cuanto menos irresponsable, en contra de la responsabilidad que él mismo declamaba, pues no se trataba del clásico y retórico ‘hacerle el juego a la derecha’ sino del efectivo uso de la derecha más reaccionaria en su reivindicación de una ‘memoria completa’ (i.e., caso Larrabure). La muerte es, por supuesto, injustificable, bajo cualquier condición; no se puede prescribir matar, y si, llegado el caso, alguien lo hiciera debería hacerse responsable ante quien corresponda. Otra cosa es querer igualar las muertes producidas por la guerrilla con el siniestro mecanismo aniquilador del terrorismo de Estado. Aquí debe pronunciarse la justicia concreta, no se trata de un juicio ético, y eso un intelectual no lo puede ignorar. Lo que más me interesó de lo que dice Luis García en este ensayo, es si se puede juzgar o no la historia desde el presente: algunos dicen que no, que había que estar en esa situación, en los 70s, con sus marcos referenciales y valores; mientras que García sostiene con del Barco que es necesario guardar un resto de exterioridad y distancia para poder ejercer la crítica. El asunto para mi es en cambio, como bien dice Foucault, si podemos desplazar los límites de lo que somos, pensamos y decimos actualmente, no desde una exterioridad trascendental desanclada o desde una inmanencia histórica imposibles, sino sobre el juego de los propios límites del poder, del saber y de la ética. Pareciera que del Barco al centrarse demasiado sobre uno de esos polos, la conminación ética, no diera con la radical crítica, verdaderamente implicada, de lo acontecido en lo que tiene de actual y nos constituye. Para García en cambio el problema no es éste sino que se elimina toda tradición emancipatoria de izquierda al meter en la misma bolsa a Lenin, Trotski, Stalin, Mao, Castro y Guevara. ‘Todas la revoluciones han sido lo mismo porque en todas se mató, ergo no hay nada que aprender de ellas’, sostiene el argumento delbarquiano. Pareciera, dice Luis García, que del Barco ya no habla desde la izquierda históricamente actuada y situada, sino que oscila entre un misterioso “vivir de otra manera”, un grado cero de la cultura política (escribir, pintar, rezar, amar), y un liberalismo llano. En definitiva, lo que está mal para Del Barco, Hilb y tantos otros es la idea misma de revolución y no los excesos que las actuaciones concretas produjeron, por lo tanto no hay, no puede haber legado ni transmisión del marxismo o la izquierda. Algo muy atinado que dice García es que el problema sobre la responsabilidad (si es total o parcial) deja de lado el problema del legado, es decir: la responsabilidad por el legado. Una frase muy bella y acertada: “Excepto que tengamos una noción puramente intelectual de la idea de ‘revolución’, o exclusivamente centrada en los ‘grandes hombres’, no podemos eximirnos de la tarea –quizá la más urgente de todas en nuestro presente- de reponer los derechos de esa movilización irregular de lazos de confianza, de astucias y saberes, de perseverancias, de resistencias y de luchas que también se guarece bajo el manto de la siniestra palabra, y que no puede ser diluida en la crueldad de los grandes líderes.” (p. 56) Pareciera que en el primer texto la aparición en cierta forma sintomática del término “mediaciones” y en el segundo una cierta concepción “trascendental” de la crítica, darían cuenta de una posición oscilante, entre hegeliana y kantiana, de simple relevamiento externo de un estado de la cuestión (de lo que dicen otros), con una mínima intervención que luego sí, en los siguientes capítulos, con el montaje benjaminiano a la cabeza se acentuará mucho más y mostrará la diferencia de una crítica histórico materialista, ‘junto a’ otras producciones, es decir, a la par y no en una distancia ‘mediada’ o ‘trascendental’. De hecho, dice García al finalizar este capítulo que apenas se trató de delinear por la negativa esas otras prácticas de la izquierda por venir (de ayer y de hoy).

V

Podría decirse que Luis García comienza un poco tímidamente, en los dos primeros textos, a abrir el espacio de su intervención. Pero es recién a partir del cruce con los debates actuales en torno a la representación del horror, tanto en el plano local como internacional, que aparece una intervención más decidida. Aun así, en el tercer ensayo termina con una “articulación complementaria” entre las dos posiciones en pugna, la de lo “sublime” y la del “montaje”, que se abisma de lleno en la indecidibilidad (cita a Blanchot, quien expone el “doble registro de lo imaginario” en una mención un tanto abstracta que no se decide en función de la coyuntura histórica concreta). El cuarto ensayo, “Memorias en montaje”, es el texto clave donde cobra fuerza su enunciación, al ponerse bajo condición de la producción artística de autores de su misma generación ―de la nuestra― y asumir una voz (en) común, diferenciada de las anteriores por el modo de tematizar los mecanismos mismos de la memoria y la representación (el desdoblamiento, la ficción, el artificio). No por casualidad es el texto que se publicó en Chile y el más reciente, como si el tomar distancia del ámbito local y el haber efectuado ya cierto recorrido temporal le permitieran pronunciarse de manera más osada y directa, sin tanta cautela. Aquí la “pasión por lo real” que despertó el siglo xx, y que era anunciada al inicio del libro, aparece deslindada de las otras dos opciones críticas de la izquierda, la que podríamos llamar de los ‘trágicos’ ―que asumen lo irredimible de los crímenes: Casullo, Calveiro, Bufano, Tarcus, por un lado, y la de los ‘reaccionarios’ ―que reniegan de toda tradición revolucionaria: Schmucler, Del Barco, Hilb, Palti, por el otro. Quizás en la línea de Piglia, Badiou, otros althusserianos y psicoanalistas, o Zizek y Laclau inclusive. Posiciones donde lo real y su problemática transmisión son pensados a partir de una nueva figura de la memoria y de una serie de dispositivos anómalos que no responden ya a la lógica de lo representable-irrepresentable, a la dicotomía democracia-autoritarismo o sistema-antisistema.

VI

Con el último capítulo se resignifica la índole conceptual filosófica del montaje que atraviesa casi todo el libro, sobre todo a partir del tercero. Queda como suplemento un retorno efectivo sobre los dos primeros capítulos, para adoptar una posición más consistente con el desarrollo del conjunto en lo que atañe al plano filosófico-político, escindiendo el círculo entre los planteos historizantes típicos del marxismo y los planteos antihistorizantes de cuño (cuasi o post) trascendental, a partir justamente del materialismo histórico benjaminiano. No se trata entonces de oponer a las concepciones teleológicas-totalizantes de la historia una perspectiva antisistémica mistificante que avale cualquier tipo de prácticas, como si todo diera lo mismo: pintar, escribir, danzar, etc., sino de colocarse bajo condición de las producciones estéticas, políticas u otras que se dejen atravesar por lo real traumático de nuestra historia reciente, incluso en su disparidad, fragmentariedad y multiplicidad; fragmentos de lo real, no imaginarios o subjetivistas; fragmentos constructibles, o composibles, en montajes. En el final se hace más tangible que tanto la orientación filosófica como política del montaje Luis García las remite más al contexto benjaminiano que a lo actual, como si lo hacía, en cambio, en la dimensión estético-política. Al considerar los conceptos de alegoría y montaje por un lado y la posdictadura por el otro, de manera externa, se pierde un poco esa mutua imbricación lograda en los ensayos anteriores. Quedan pues en suspenso estas preguntas: ¿Qué política, hoy? ¿Y qué escritura filosófica hay que montar en consecuencia? ¿Cómo escribir bajo el riesgo de fracasar? Pues sí, sólo hay lecturas del pasado ¿pero acaso ellas no necesitan de la apertura de un futuro anterior, de lo que habrá sido en lo que está llegando a ser?

Roque Farrán, 20 de abril de 2012

* Texto escrito para la presentación del libro en el Instituto Goethe de Córdoba


 

Roque Farrán

Escritor, editor, investigador de temas vinculados con los desarrollos teóricos contemporáneos que entrelazan los aportes de la filosofía, la política y el psicoanálisis. Publica en diversos medios.

http://www.fragmentosdeescritura.blogspot.com.ar

 

 

 

 

 

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