Madrid, España. Del 11 de febrero al 8 de junio de 2026.
Exposición Alberto Greco, Viva el arte vivo
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Edificio Sabatini, Planta 0
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Autor desconocido, acto vivo-dito de Alberto Greco en Madrid, 1963. Museo Reina Sofía. Fotografía: © Archivo fotográfico Museo Reina Sofía.
Alberto Greco, Viva el arte vivo
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Edificio Sabatini, Planta 0
Exposición: 11 de febrero – 8 de junio de 2026
Lugar: Edificio Sabatini, Planta 0, Museo Reina Sofía
Comisario: Fernando Davis
Alberto Greco (Buenos Aires, 1931 – Barcelona, 1965) fue una figura decisiva de la vanguardia experimental. Su trayectoria puede describirse como un derrotero torcido, más próximo al desvío, el traspié y la desorientación que a la estabilidad de un programa estético direccionado. Pintor informalista y animador de tómbolas y «exposiciones rodantes», poeta y actor ocasional, flâneur queer y fundador del arte vivo, Greco convirtió la exposición pública de su propia vida en un espacio de invención estética modulado entre el postureo histriónico, el suceso mediático y el rumor callejero.
La exposición Viva el arte vivo da cuenta, de forma retrospectiva, de la corta —aunque intensa— singladura vital y artística de Greco, cuyas acciones fueron inseparables del propio rumbo migrante que emprendió en 1950: de Buenos Aires a la Puna de Atacama y Humahuaca, de París a Río de Janeiro y São Paulo, de Génova y Roma a Madrid y Piedralaves, de Nueva York a Ibiza y Barcelona. Se recogen, así, obras de entre 1949 y 1965: desde sus primeros escritos y su pintura informalista —en la que empujó las posibilidades de la materia, agitándola con crispaciones y derrames— a sus acciones y objets vivants; sus dibujos madrileños; los collages que llamó «de autopropaganda» y, por último, la novela Besos brujos, escrita poco antes de quitarse la vida.
En el arte vivo, cuya fundación Greco celebró en París en marzo de 1962, la movilidad fugitiva de la vida en su acontecer se vuelve materia para el arte. Bajo las consignas del arte vivo —que más tarde llamaría también vivo-dito— el artista firmó personas, mercados, y baños; declaró Buenos Aires y Piedralaves como obras de arte; y escribió con tiza la proclama «Viva el arte vivo» por las calles y muros de Roma. En su Manifiesto dito dell´arte vivo, con el que empapeló las paredes de Génova, llamaba a entrar en contacto «con los elementos vivos de nuestra realidad: movimiento, tiempo, gente, conversaciones, olores, rumores, lugares, situaciones». Ya en Madrid, convocó un «momento vivo-dito» que culminó con la quema de un lienzo pintado colectivamente. También ejecutó sus «incorporaciones de personajes a la tela», trazando las siluetas de modelos reales sobre grandes lienzos. Greco había llegado a Madrid en 1963 y, salvo episodios puntuales, permanecería en España hasta su muerte dos años más tarde.
El arte vivo de Greco se extendió también a dibujos y collages, donde coexisten sensibilidades populares, referencias a los medios de masas y modulaciones afectivas vinculadas con lo pueril, lo cursi y lo camp. A menudo son trabajos atravesados por una escritura que registra las intensidades del cuerpo y las vicisitudes de la cotidianeidad y el tránsito del artista por la ciudad. Confluyen, así, el vagabundeo callejero y la verbena, el readymade y la festividad religiosa, el montaje pop y el cuaderno de obscenidades.
Alberto Greco entendió el arte vivo como un arte del futuro. Pero no tanto como programa estético orientado hacia su consumación progresiva, sino como una aventura abierta a lo imprevisto. Como un gesto intempestivo en el que el arte y la vida —con su movilidad, sus posibilidades de transformación, sus interrupciones y desbordes— eran llamados a confundirse completamente.
La trayectoria de Alberto Greco (Buenos Aires, 1931 – Barcelona, 1965) puede describirse como un derrotero torcido o a contramano, próximo al desvío queer, al traspié y a la desorientación, en el que la movilidad fugitiva de la vida se vuelve materia para el arte. Pintor informalista y animador de “exposiciones rodantes” y tómbolas; poeta y escritor; actor ocasional y flâneur puto; fundador del arte vivo e impulsor de acciones de autopropaganda, Greco hizo de la exposición pública de su propia vida un espacio de invención estética, cuyos contornos se modulan entre el postureo histriónico, el suceso mediático y el rumor callejero.
En la segunda mitad de los años cuarenta, después de un breve paso por la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano y por diferentes compañías de teatro, Greco frecuentó un variado círculo de escritores y artistas, y asistió a los talleres de pintura de Cecilia Marcovich y de Tomás Maldonado y Lidy Prati. En sus primeros poemas y cuentos movilizó sensibilidades minoritarias e inflexiones estéticas y afectivas vinculadas con lo pueril, lo fantástico y lo cursi. En 1950 publicó Fiesta, un libro de versos editado artesanalmente y presentado en la librería porteña Juan Cristóbal en un episodio que la prensa calificaría, años más tarde, como su primer happening, interrumpido por la policía bajo acusación de comunismo.
En 1954 Greco viajó a París, donde vivió hasta 1956. Para subsistir vendió dibujos y pinturas en bares, realizó diseños textiles y pintó murales en los cabarés de Montmartre y la Place Pigalle, ejerció la prostitución y la clarividencia, actuó como figurante en la película hollywoodense Funny Face (1957) y organizó una fallida venta de empanadas criollas —una comida típica argentina—. También visitó los talleres de Fernand Léger y Pablo Picasso, y asistió a cursos de historia del arte en el Museo del Louvre. En 1955, celebró su primera exposición individual, dedicada a témperas próximas al tachismo y la abstracción lírica, en la galería La Roue y rubricó las paredes de los baños públicos de la ciudad con la inscripción “Greco puto”, una acción que más tarde reivindicaría como antecedente del arte vivo.
Este viaje inauguró en Greco un itinerario migrante: de Buenos Aires a Río de Janeiro y São Paulo; de Génova y Roma a Madrid y Piedralaves; de Nueva York a Ibiza y Barcelona. Greco protagonizó así un derrotero vital y artístico intenso y precipitado, aunque corto. Sus acciones fueron inseparables de la movilidad queer y trashumante de estos desplazamientos.
El pintor informalista más importante de América
Comprometido con las búsquedas del movimiento informalista —cuyas exposiciones en Buenos Aires integró durante 1959—, Greco llevó al límite las posibilidades de la materia en sus pinturas negras, casi monocromas, en las que el óleo se mezcla con brea y esmalte industrial, así como con aplicaciones de aserrín, orina (suya y de sus amigos) y exposiciones a la lluvia o el hollín de la ciudad.
El artista persiguió así una transformación no calculada de la materia en la movilidad vibrante de la pintura, entendida como un cuerpo vivo agitado por crispaciones, derrames, residuos orgánicos y urbanos y efectos climáticos azarosos, preocupación que extenderá en sus acciones. En octubre de 1961 llevó estas búsquedas a una serie de pinturas que expuso bajo el título Las monjas en la Galería Pizarro. También por entonces realizó colgantes y prendedores con clavos de herrar que activaban una suerte de imaginería cristológica torcida, virada hacia lo plebeyo y lo herético.
Poco después cubrió el centro de Buenos Aires de carteles impresos con su nombre y las frases “¡¡Qué grande sos!!” y “El pintor informalista más importante de América”. Esta intervención inauguraba una ruptura radical con el cuadro y sus condiciones de circulación y recepción institucionales. (pp. 4-5)
Greco pasaba de la impugnación de los bordes de la pintura a la acción sobre la realidad, haciendo suyos los formatos y modos de interpelación de la propaganda callejera, el eslogan publicitario y la consigna popular, estrategias que prolongaría en los años siguientes. Desde su inscripción en la ciudad, la acción confluye con trayectorias de cuerpos e imágenes, flujos libidinales y consumos urbanos.
Vivo-dito
En marzo de 1962, de nuevo en París, Greco fue fotografiado mientras trazaba con tiza un círculo alrededor del artista argentino Alberto Heredia, sosteniendo un cartel con el texto: “Première exposition arte vivo de A. Greco”. Esta acción se extendió al señalamiento de negocios de antigüedades y del mercado de Les Halles, “dibujando” su firma en el aire. “Viva el arte vivo. Es el arte del futuro”, escribió.
En julio, de paso por Génova, pegó en los muros de la ciudad su Manifesto dito dell’arte vivo (1962), donde llamaba a entrar en contacto “con los elementos vivos de nuestra realidad: movimiento, tiempo, gente, conversaciones, olores, rumores, lugares, situaciones”. El arte vivo —o vivo-dito— apuntaba a declarar como arte, durante un instante fugaz, un momento cualquiera de la vida en tránsito. En París y en Roma, Greco expandió su propuesta del arte vivo en cuadernos escolares: ensayó una escritura móvil y fugitiva en la que la crónica urbana, la ficción, la autobiografía y los fragmentos de conversaciones o relatos orales registrados en su devenir callejero se entrecruzan y se vuelven indistinguibles.
En Roma realizó sus vivo-dito acompañado por el fotógrafo Claudio Abate, quien también lo retrató con hábitos de monja. En enero de 1963 organizó, en colaboración con Carmelo Bene y Giuseppe Lenti, el espectáculo de arte vivo Cristo 63. Omaggio a James Joyce en el Teatro Laboratorio. La obra mezclaba referencias a algunos episodios de la Pasión, fragmentos del Ulises de James Joyce y un texto de Jean Genet en un carnaval camp sin unidad argumental, con evocaciones orgiásticas y escatológicas, inversiones sacrílegas y alusiones a géneros masivos y populares. Cristo 63 fue interrumpida por la policía la misma noche de su estreno y Greco fue obligado a abandonar Italia. Más tarde, relataría una cinematográfica huida por la ventana de un hospital de monjas en el que había sido internado y su aparición posterior, semidesnudo, en la primera plana de un periódico.
Entre Madrid y el “Grequissimo Piedralaves”
En Madrid, ciudad a la que llegó a inicios de 1963, Greco continuó sus acciones de arte vivo al mismo tiempo que realizaba dibujos y collages en los que la experiencia del deambular callejero compone asociaciones inesperadas entre una escritura atravesada por las intensidades del cuerpo y la referencia a estéticas y representaciones “bajas” o “plebeyas” pertenecientes al dominio de lo doméstico, lo popular y lo queer. En sus dibujos y textos se mezclan el vagabundear callejero y la verbena, el readymade y el souvenir cursi, el collage pop y la escritura de obscenidades.
También convocó un momento vivo-dito en el metro, en el trayecto de la estación de Sol al mercado de Lavapiés, que se prolongó con la creación de una pintura colectiva y su posterior quema en una corrala, desafiando la vigilancia de los cuerpos y de los espacios impuesta por la dictadura franquista. En su Galería Privada, taller y sede de exposiciones y fiestas, realizó algunas obras en colaboración con Manolo Millares y Antonio Saura, e inició sus objets vivants o “incorporaciones de personajes a la tela”, que presentaría en 1964 en la Galería Juana Mordó, trazando sobre grandes lienzos, frente al público, las siluetas de modelos reales. (p. 7)
Ese mismo año se estableció durante una temporada en Piedralaves, un pueblo de la provincia de Ávila al que se refirió como “capital internacional del grequismo” o el “Grequissimo Piedralaves”, y al que quiso promover como sede de un futuro Centro Internacional de Artistas.
Por medio del señalamiento y de su firma, el pueblo entero pasó a leerse como arte vivo; allí también confeccionó el Gran manifiesto-rollo arte vivo-dito (1963), un largo rollo de papel en el que se mezclan dibujos, imágenes publicitarias, relatos autobiográficos, recetas de cocina, transcripciones de noticias policiales e intervenciones de niños. Extendido en las calles de Piedralaves, con la ayuda de sus habitantes, el rollo también devino en una suerte de archivo portátil en proceso que incorporaba las marcas azarosas de los accidentes del terreno. Desde un enclave rural y periférico, el vivo-dito ensayaba una cartografía descentrada y tránsfuga.
El arte vivo es el arte del futuro
Luego de un viaje a Buenos Aires a fines de 1964 —donde su vivo-dito titulado Mi Madrid querido, que contó con la participación del bailaor español Antonio Gades, lo colocó en el centro de la escena artística— y a Nueva York, Greco volvió a Madrid en 1965. Expuso en la Galería Edurne con Millares y los integrantes de ZAJ, Juan Hidalgo y Walter Marchetti, y poco después partió a Ibiza. En sus playas comenzó a escribir la novela Besos brujos (1965), título que replica el de una película argentina de 1937 dirigida por José Agustín Ferreyra y protagonizada por Libertad Lamarque. Un melodrama cuyo patrón heterosexual Greco desvía en un relato queer que trata su conflictiva relación con Claudio, un antiguo amante que había reencontrado en Nueva York, atravesada por celos, engaños, desencuentros y momentos de desesperación.
Besos brujos es también arte vivo: Greco la escribe en paralelo al discurrir de los acontecimientos, incorpora grafismos, dibujos, restos de bebida o comida, conversaciones. La novela superpone y descentra diferentes niveles de relato y géneros narrativos que introducen intervalos en la historia medular, y la abren hacia un montaje discontinuo: canciones populares, cómics de espionaje, relatos eróticos, wésterns, cuentos infantiles y cartas de lectoras tomadas de revistas de la época.
Desde su fundación, y hasta la muerte prematura del artista en 1965, el vivo-dito proponía entrar en contacto con la vida en su movilidad y en sus posibilidades de transformación. Greco lo entendió como un “arte del futuro”: no como un programa estético orientado hacia su consumación progresiva, sino como una “aventura” abierta a lo imprevisto, como un gesto intempestivo y fugitivo, travesía a los tumbos en donde la vida y el arte son llamados a confundirse.
Fernando Davis
Comisario de la exposición

Alberto Greco durante un acto vivo-dito en Roma 1962. Fotografía de Claudio Abate

Momento vivo-dito de Alberto Greco en Lavapiés 1963

Incorporación de personajes vivos a la tela (Encarnación Heredia, mujer sufriente) 1964

Alberto Greco con Alberto Heredia durante la Première exposition arte vivo de A. Greco en París 1962

Alberto Greco. Todo de todo 1964

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Créditos e Información
Comisariado: Fernando Davis
Dirección de proyecto: Teresa Velázquez
Coordinación: Patricia Molins, Beatriz Sánchez, Beatriz Velázquez
Gestión: Natalia Guaza
Apoyo a la gestión: Nieves Fernández
Restauración: Virginia Uriarte (responsable), Paula Ercilla, Belén González, Eugenia Gimeno, Ana Iruretagoyena, Virginia Uriarte Padró, Mikel Rotaeche.
Diseño: Antonio Marín
Horario: Lunes a sábado y festivos de 10:00 a 21:00 h. Domingo de 10:00 a 14:30 h. Martes cerrado.
Sede principal: Edificio Sabatini, Santa Isabel 52, 28012 Madrid.


















