Ciudad de Córdoba, Argentina. Octubre 2026.
Vaciar de imágenes hasta llegar al verde
Ensayo sobre Paraimagen, de Ezequiel Lovrovich.
Por Tomas Roich y Cairo Elio.
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Vaciar de imágenes hasta llegar al verde
Ensayo sobre Paraimagen, de Ezequiel Lovrovich.
Por Tomas Roich y Cairo Elio.
Gabrielle ingresa a un cubo verde, camina y se coloca en el centro con la mirada a cámara; es la primer escena de la película La Bête, una voz fuera de campo le indica dónde estaría la escalera, la mesa, el cuchillo que agarra para defenderse de la bestia que aparece, aunque invisible, sobre su derecha. Una bestia virtual que Gabrielle imagina y el espectador también, la acompaña en el desarrollo de la película, como un estado de ansiedad.
En Hotel Inminente, el viernes 4 de septiembre ingresamos al cubo verde. En la inauguración de Paraimagen, muestra de Ezequiel Lovrovich, fuimos invitados a entrar grupalmente a su propio estudio convertido en instalación. Antes de ingresar a la sala, en el pasillo nos reciben dos obras enfrentadas: 《Sin título》, un vidrio montado sobre un atril, refleja a su vez la obra que se ubica frente a sí; 《Paisaje》, una pintura en acrílico sobre lienzo que dibuja un código de representación de datos pintado en degradé, se abre así un portal entre el espacio de la pantalla y los datos. Este primer encuentro con la obra nos auspicia la investigación de Lovrovich en donde disgrega la forma visual en que se presentan las imágenes a nuestro ojo humano y la manera en que la imagen se presenta a la máquina.
Una fotografía encriptada se suspende por encima nuestro, en un bloque de hojas a4 está impreso el código de una imagen comprimida en .jpeg; 《677》 se titula la obra que está al alcance de nuestra mano y se rehúsa a ser procesada por nuestra visión. Un tensor y un cable acerado sostienen la obra, un fajo de papeles no es tan pesado, podrían haber usado otro tipo de gancho o de tensor, pienso. Clavo mis ojos en esa imagen. ¿Un fajo de papeles, cuánto puede pesar? El objeto virtual recupera su materialidad, no es que al ser virtual no tenga cuerpo. ¿Dónde se aloja la bestia?
En el living de Tomás, la luz del sol entra mientras hablamos de Paraimagen, él lee en voz alta Las imágenes en la era del calor (Hito Steyerl, 2025). Volvemos sobre una frase: “calientan la atmósfera, desplazan a las personas y queman recursos”. (Mientras editamos estás palabras vemos la noticia de la llegada de datacenters a la Patagonia). Las imágenes virtuales tienen materia, cuerpo y ese cuerpo hierve. El fajo de documentos en formato de libro, ilegible para nuestra máquina blanda, da cuenta del proceso maquínico o artesanal que conecta bosque, industria, ríos y papel. ¿A dónde creemos que se escabullen las imágenes cuando la pantalla no arde? El cable acerado es un engranaje útil a las edificaciones que aglomeran, contienen y sirven estos datos en tolva para que puedan ser devorados por nuevos modelos, y más adelante regurgitados hasta la insipidez visual y espiritual. Las imágenes que producimos son leídas en un código que transporta nuestra información, despojadas de nuestra afectividad se suman al almacenamiento o desechos tecnológicos; fuera de nuestro alcance escuchamos el zumbido que acecha.
Cada día hace más calor en el planeta, los glaciares se derriten ¿alguna vez fotografiaste algo que desapareció para siempre? ¿Capturar un recuerdo es acaso una complicidad con la destrucción del mundo?
Imágenes enajenadas de sus autores circulan en las plataformas en un sinfín. Ezequiel trabajó con el código encriptado de fotografías, las recita en un video, las imprime en 《677》 y las pinta en 《Paisaje》. En las imágenes que consumimos, la pérdida del referente sucede muy rápido y ese objeto que inicia como fotografía se modifica una y otra vez por la compresión de datos, a la vez que se puede reinterpretar con otras herramientas de creación como una IA. El objeto se aleja de su contexto de producción, el autor pierde su dominio y los nuevos guardianes son las plataformas digitales que controlan y extraen nuestros datos, negocian con ellos y nosotros lo consentimos. Llegan a las pantallas de los usuarios otras imágenes descontextualizadas y el sujeto accede queriéndolo o no, a una enajenación de sus condiciones materiales; sucede entonces lo que Hito, recordando a Foster, llama la brecha metabólica. Estos objetos virtuales transitan como desechos por esta segunda naturaleza que hemos construido. Imágenes-basura saturan las plataformas sin ofrecer una vía para la recuperación de la atmósfera. Habitar la virtualidad con ellas nos conduce al agotamiento y produce en nosotros el devenir usuarios inmóviles, extenuados, incapaces de tener una reacción no mediada de los estímulos del mundo real.
Vaciar de imágenes hasta llegar al verde implica reconocer las capas de información que se recopilan y extraen de nuestra vida virtual. Ezequiel nos ofrece a la vista el soporte de las imágenes, observar su estructura, hasta casi desear vaciarnos de ellas.
El código que Lovrovich recita o el que imprime, más que formas del archivo, nos remiten al tráfico de información y los desechos virtuales. El artista incorpora a la sala verde un posnet apagado a medio pintar del mismo color, un marco antiguo completamente pintado y un textil o trapo verde (proveniente de la obra de Cecilia Cordi). Estos elementos son utilizados en el video homónimo que exhibe en donde su croma se activa, oculta el objeto y muestra una imagen que podría haberse perdido en la inmensidad de las redes sociales. Estos objetos físicos parecieran dar cuerpo a los virtuales y compartir en ambas circunstancias la condición de un desecho que no se archiva sino que circula a la deriva por el mundo virtual y queda apilado en los bancos de datos, mientras hacen hervir el mundo y la mente.
Gabrielle ataca una bestia virtual que pierde cuerpo, se adentra cada vez más en un mundo en dónde la pérdida de afecto es creciente, al igual que la materialidad del mundo pareciera desaparecer entre los dedos.
Perdemos de vista las consecuencias de la destrucción de nuestro mundo, a la vez que nos sentimos inmersos en un caldo verde sin salida. Lo virtual también tiene cuerpo, nos recuerda Paraimagen, y ese cuerpo es la bestia a la cual apuntar nuestro cuchillo.























