Exposición colectiva Dispositivos del Yo, Fund. Cazadores

 

Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Del 7 de mayo al 13 de junio 2026.
Exhibición Dispositivos del Yo
Fundación Cazadores
Villarroel 1438
+54 11 4854 0240
https://fundacioncazadores.org.ar
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Dispositivos Del Yo. Inauguracion: Carlos Herrera, Natacha Voliakovsky, Leonardo Sanchez, Belén Romero Gunset.

DISPOSITIVOS DEL YO

Curaduría Carlos Herrera

Sala _imán de Fundación Cazadores

7 de mayo al 13 de junio 2026.
Miércoles a sábado de 16 a 20 hs

Fundación Cazadores presenta una exposición colectiva con curaduría de Carlos Herrera, que reúne la obra de seis referentes del arte contemporáneo que cuestionan los límites de la subjetividad: Sandro Pereira, Belén Romero Gunset, Mauro Guzmán, Leonardo Sánchez, Natacha Voliakovsky y Victoria Papagni.

 

DISPOSITIVOS DEL YO propone un manual para desarmar una identidad. Partiendo de una premisa central que sostiene que la identidad no es una esencia inmutable, sino una construcción inestable atravesada por la política, la tecnología y la cultura, las y los artistas construyen, a través de distintos lenguajes, el complejo proceso de fabricación de la subjetividad contemporánea.

La sala se predispone como un gran escenario en la que las obras se superponen visualmente, se rozan, se tapan, se abrazan, conformando una gran instalación de formato teatral. No hay obras en los muros, todo se compone de fragmentos, como un cuerpo reconstruido en el territorio. La materialidad de las obras y el recurso de las imágenes utilizadas por los artistas nos proponen una visión distópica del presente, nos recuerdan a las crisis sociales, humanitarias y biopolíticas.

«Si algo une estas seis prácticas es la insistencia en que el cuerpo es el lugar donde se negocian las tensiones del presente. El arte aparece aquí como un laboratorio de subjetividades donde lo normativo se vuelve inestable y lo marginal adquiere centralidad crítica», sostiene Carlos Herrera.

En su obra, Sandro Pereira utiliza el autorretrato como una escena de autodevoración simbólica. Su propio cuerpo es materia plástica para desarmar mitologías sociales y criticar los ideales de belleza y rendimiento. Belén Romero Gunset desplaza la pregunta hacia la construcción performativa. El cuerpo aquí no es espectáculo sino herramienta de conocimiento que reactiva archivos y genealogías queer. Mauro Guzmán lleva la identidad al territorio del exceso mediante alter egos. Lo camp y el grotesco funcionan como tácticas para desestabilizar los modelos normativos de género y deseo. Leonardo Sánchez trabaja desde los márgenes materiales, utilizando la cultura residual y el collage para construir una poética de la deformación que cuestiona la soberanía del sujeto moderno. Natacha Voliakovsky convierte la carne en superficie de inscripción política. A través de acciones de alto impacto, desplaza el cuerpo del lugar de víctima al de agente, reescribiendo la memoria en tiempo real. Victoria Papagni explora la tecnología como extensión y falla. Mediante modelado 3D y glitch, revela cómo la identidad actual está mediada y moldeada por sistemas técnicos.

 

 

 

 

 

 

 

Manual para desarmar una identidad

En las prácticas de Sandro Pereira, Belén Romero Gunset, Mauro Guzmán, Leonardo Sánchez, Natacha Voliakovsky y Victoria Papagni el cuerpo deja de ser representación para convertirse en campo de operaciones. Cada uno, desde lenguajes y territorios distintos, trabaja sobre una misma hipótesis: la identidad no es una esencia sino una construcción inestable atravesada por dispositivos culturales, políticos y tecnológicos. Sus obras no ilustran subjetividades; las producen, las tensan, las distorsionan. Ya sea desde la autofagia paródica, la performance queer, el grotesco barroco, el collage marginal, la biopolítica encarnada o la tecnopoética glitch, lo que comparten es una voluntad de intervenir críticamente en los regímenes contemporáneos de visibilidad. No buscan afirmar una identidad, sino exhibir su proceso de fabricación.

En Sandro Pereira el autorretrato se transforma en escena de autodevoración simbólica. Su figura reaparece una y otra vez como materia plástica y conceptual: el cuerpo es soporte, máscara y blanco de crítica. La repetición de su propia imagen (distorsionada, exagerada, sometida a esfuerzos físicos o gestos irónicos) desactiva la solemnidad del retrato tradicional y lo convierte en dispositivo antropofágico. Pereira no se representa: se consume. En ese gesto paródico emerge una crítica a los ideales de rendimiento, belleza y pertenencia cultural. Lo autobiográfico se vuelve estrategia de desestructuración simbólica, donde el yo es materia prima para desmontar mitologías sociales.

Belén Romero Gunset, en cambio, desplaza la pregunta hacia la construcción performativa del sujeto. Su obra articula archivo, cuerpo y pensamiento como un mismo sistema. En sus prácticas la monumentalización de un estereotipo lésbico no es celebración ni caricatura, sino operación de resignificación: lo marginal se vuelve luminoso. La artista convierte la performance en método de conocimiento; el cuerpo no es espectáculo sino herramienta epistemológica. Al dialogar con archivos históricos y prácticas queer, reactiva genealogías invisibilizadas y transforma el autorretrato en campo político. Su trabajo demuestra que la identidad no se exhibe: se ensaya.

Mauro Guzmán lleva esa inestabilidad hacia el territorio del exceso y el desdoblamiento. A través de alter egos, convierte la identidad en teatro crítico. Sus personajes no son máscaras que ocultan, sino superficies que multiplican. Lo camp, lo grotesco y lo pop funcionan como tácticas de desestabilización frente a los modelos normativos de género y deseo. Guzmán no construye una estética para expresar una idea: la estética es la idea. En su laboratorio permanente, el cuerpo se transmuta en signo, el signo en situación y la situación en experiencia afectiva que interpela al espectador. La teatralidad no es ornamento, es política.

Leonardo Sánchez, por su parte, trabaja desde los márgenes materiales y simbólicos. Sus collages y esculturas surgen de la cultura residual: pornografía descartada, afiches de terror, imágenes obsoletas. En esa economía de restos construye una poética de la deformación donde lo monstruoso no es efecto decorativo, sino figura crítica. La acumulación de signos grotescos desarma jerarquías entre alta y baja cultura, belleza y fealdad, sagrado y profano. Sus criaturas híbridas encarnan subjetividades fragmentarias que cuestionan la soberanía del sujeto moderno. La precariedad material se vuelve posición política: hacer con lo descartado es también resistir los sistemas de legitimación.

En Natacha Voliakovsky el cuerpo alcanza su grado más literal de exposición y conflicto. Su práctica convierte la carne en superficie de inscripción política. Intervenciones físicas, acciones de alto impacto y escrituras corporales transforman la experiencia íntima en disputa pública. No hay metáfora: hay piel, sangre, tejido. Sin embargo, lejos de una espectacularización del dolor, su obra articula una crítica precisa a los dispositivos biopolíticos que regulan la vida. Al apropiarse de las marcas del trauma y convertirlas en gesto estético, desplaza el cuerpo del lugar de víctima al de agente. La performance deviene espacio donde identidad, memoria y poder se reescriben en tiempo real.

Victoria Papagni introduce otra variable en esta constelación: la tecnología como extensión y cuestionamiento del cuerpo. Sus prácticas con modelado 3D, robótica y dispositivos digitales no celebran la innovación, sino que la tensionan. El escaneo de su propio rostro, la producción de bustos imperfectos, las imágenes glitch y las interacciones humano-no humano revelan que la identidad contemporánea está mediada por sistemas técnicos que la moldean. Papagni explora esas mediaciones para producir subjetividades falladas, inestables, refractarias. La tecnología deja de ser herramienta neutra y se convierte en campo político donde el cuerpo se expande y se desdibuja.

Si algo une estas seis prácticas es la insistencia en que el cuerpo (humano, híbrido o tecnificado) es el lugar donde se negocian las tensiones del presente. No se trata de una generación homogénea ni de un programa común, sino de una sensibilidad compartida: entender que la imagen ya no puede pensarse separada de los dispositivos que la producen y la regulan. En todos los casos, el arte aparece como laboratorio de subjetividades, como espacio donde lo normativo se vuelve inestable y lo marginal adquiere centralidad crítica.

Así, Pereira devora su propia figura, Romero Gunset ensaya archivos queer, Guzmán teatraliza la identidad, Sánchez deforma los restos culturales, Voliakovsky inscribe la política en la carne y Papagni hackea la tecnología desde el cuerpo. Cada uno, a su modo, afirma que la identidad no es una verdad que se revela, sino un territorio en disputa que el arte puede reconfigurar.

Carlos Herrera / Mayo de 2026

 

 

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